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LA MÁQUINA DE AJEDREZ: LA INCREÍBLE HISTORIA DEL INVENTO

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LA MAQUINA DEL AJEDREZ. de LOHR , ROBERT. Lengua: CASTELLANO. Encuadernación: Tapa dura. ISBN: 9788425340826. Nº Edición:1ª . Año de edición:2006. Plaza edición: BARCELONA. Neuchâtel, 1783. En el camino de Viena a París, Wolfgang von Kempelen hizo un alto con su familia en Neuchâtel, y el 11 de marzo de 1783 presentó en la posada del mercado su legendaria 'máquina de ajedrez', un androide con vestimenta turca que dominaba el juego del ajedrez. Los suizos no dispensaron una acogida cálida a Kempelen y su turco. Al fin y al cabo, los fabricantes de autómatas de Neuchâtel se consideraban los mejores del mundo, y ahora aparecía allí un consejero real de la provincia húngara -un funcionario, un simple aficionado y no un profesional de la relojería- que había conseguido dotar a su autómata de «pensamiento». Una máquina inteligente. Un aparato hecho de muelles, ruedas, cables y cilindros que había derrotado a casi todos sus contrincantes humanos en el juego de los reyes. En comparación con la extraordinaria máquina de ajedrez de Kempelen, los autómatas de Neuchâtel eran solo cajas de música de dimensiones exageradas, un entretenimiento trivial para nobles acaudalados. El resentimiento no había impedido, sin embargo, que se vendieran absolutamente todas las entradas para la presentación. Los que no habían conseguido hacerse con un asiento, habían tenido que colocarse de pie detrás de las filas de sillas. Todos querían ver cómo funcionaba esa maravilla de la técnica, y en secreto esperaban que Kempelen fuera un estafador y que el invento más brillante del siglo se revelara ante sus miradas expertas como un simple truco de prestidigitación. Pero Kempelen defraudó sus esperanzas. Cuando, al inicio de la función, con una sonrisa confiada, dejó al descubierto la vida interior del aparato, solo se vieron unos engranajes, y cuando se hubo dado cuerda al mecanismo y el turco ajedrecista empezó a jugar, lo hizo con los inconfundibles movimientos de una máquina. Los patriotas locales tuvieron que reconocer que Kempelen era, sin duda alguna, un genio de la mecánica. El turco derrotó a sus dos primeros oponentes, el alcalde y el presidente del salón de ajedrez de Neuchâtel, con una rapidez humillante. Kempelen pidió entonces un voluntario para la tercera y última partida del día. Pasaron unos instantes hasta que finalmente se anunció uno. Kempelen y el público buscaron con la mirada al voluntario, pero para verlo tuvieron que esperar a que saliera del pasillo formado por los espectadores, que le abrían paso, pues el hombre era tan pequeño que su cabeza apenas llegaba a la cadera de los presentes en la sala. Wolfgang von Kempelen retrocedió un paso y apoyó una mano en la mesa de ajedrez. La visión del enano le asustó visiblemente, y el caballero palideció como si se encontrara frente a un fantasma. También Benedikt Neumann -pues así se llamaba el enano- era relojero, y había viajado expresamente desde el vecino La Chaux-de-Fonds a Neuchâtel para ver jugar al autómata. El enano tenía el cabello negro, con algunas mechas plateadas, y lo llevaba entrelazado en la nuca formando una trenza prusiana. Sus ojos eran castaños, como los del turco ajedrecista. La expresión de su rostro era severa. Parecía que su frente formara arrugas de forma natural y que sus negras cejas estuvieran fruncidas desde el día de su nacimiento. Su estatura era aproximadamente la de un niño de seis años, pero era mucho más robusto; como si hubiera demasiado cuerpo para tan pequeño envoltorio. Llevaba una casaca verde oscuro, cortada a su medida, y un pañuelo de seda en torno al cuello. Un rumor se extendió por la sala cuando Neumann se acercó a Kempelen. Nadie entre el público había visto nunca jugar al ajedrez a Neumann. El presidente del salón de ajedrez pidió otros voluntarios, con fama de buenos ajedrecistas, que pudieran arrancar al menos unas tablas al autómata, pero el público protestó con siseos: el turco se había mostrado invencible, pero la lucha de una máquina contra un enano constituía, al menos visualmente, un buen espectáculo. Kempelen no colocó bien la silla al pequeño relojero, como había hecho con sus predecesores. Neumann se sentaría, como ellos, en una mesa separada con un tablero distinto, para que el público tuviera una buena visión del turco. Kempelen esperó a que el enano se hubiera sentado, se aclaró la garganta y pidió silencio y atención. Mientras tanto, Neumann observaba el tablero de ajedrez con las dieciséis piezas rojas que tenía ante sí como si nunca hubiera visto nada parecido, con los hombros levantados y los puños apretados como un niño. El ayudante de Kempelen dio cuerda a la máquina de ajedrez con una manivela, y los engranajes empezaron a moverse entre crujidos. El turco levantó la cabeza, desplazó el brazo izquierdo por encima del tablero y colocó con tres dedos un peón en el centro, tal como había abierto las partidas precedentes. El ayudante repitió el movimiento en el tablero de Neumann, pero el enano no reaccionó. Ni siquiera levantó la mirada. Se limitó a seguir observando, boquiabierto, cada una de sus piezas, como si fueran viejos conocidos que creía muertos. El público empezaba a intranquilizarse. Wolfgang von Kempelen iba a decir algo cuando por fin Neumann se movió: adelantó el peón del rey dos casillas, haciendo frente al peón blanco del turco. Venecia, 1769. Cierta mañana de noviembre del año 1769, Tibor Scardanelli despertó en una celda sin ventanas, con sangre seca en su cara tumefacta y un intenso dolor de cabeza. En la penumbra buscó en vano una jarra de agua. El olor de alcohol en sus harapos le producía náuseas. Se dejó caer en el jergón y apoyó la espalda contra la fría pared de plomo. Por lo visto, determinadas experiencias en su vida estaban destinadas a repetirse: el engaño, el robo, las palizas, la prisión, el hambre. La noche anterior, el enano jugó por dinero algunas partidas de ajedrez en una taberna y gastó sus primeras ganancias en aguardiente en lugar de encargar una comida decente. De modo que Tibor ya estaba borracho cuando el joven comerciante lo retó con una apuesta de dos florines. Aun así estaba ganando fácilmente, pero en algún momento se inclinó para coger una moneda del suelo y el veneciano volvió a colocar sobre el tablero una reina que ya había perdido. Tibor se quejó, pero el comerciante permaneció impasible, con gran regocijo de sus acompañantes. Al final, el hombre ofreció tablas al enano y volvió a recoger el importe de su apuesta entre las risas de los espectadores. Tibor, envalentonado por el alcohol, sujetó la mano en la que el comerciante sostenía su dinero. En el forcejeo, él y el veneciano cayeron al suelo. El enano llevaba ventaja, hasta que un acompañante de su rival rompió la jarra de aguardiente sobre su cabeza. Tibor no perdió el conocimiento, y siguió consciente cuando los venecianos se turnaron para golpearlo. Después lo entregaron a los carabinieri; lo acusaban de haberlos engañado en el juego y luego haberlos atacado y robado. Acto seguido, los carabinieri lo llevaron a la prisión más cercana, la de los Plomos, sobre el Palacio del Dux. Le quitaron el poco dinero que llevaba y su tablero de ajedrez, pero al menos el amuleto con la Madonna todavía colgaba de su cuello. Tibor lo estrechó entre sus manos y pidió a la madre de Dios que le sacara de aquel agujero. No había acabado de rezar cuando la puerta de su celda se abrió y el guardia hizo entrar a un caballero. El hombre era unos diez años mayor que Tibor; tenía el cabello marrón oscuro y un rostro anguloso con entradas. Iba vestido à la mode, pero sin copiar los aires fatuos de los venecianos: una levita color nogal con puños de encaje y pantalones del mismo color con botas de montar altas, y por encima un manto negro. En la cabeza llevaba un sombrero de tres picos, mojado por la lluvia, y en el cinturón, una espada. No parecía italiano. Tibor recordaba haberle visto la noche anterior entre los clientes de la taberna. El caballero llevaba en una mano una jarra de agua y un mendrugo de pan, y en la otra, un tablero de ajedrez de viaje finamente trabajado. El carcelero le acercó una palmatoria y un taburete, en el que el hombre se sentó. Luego el desconocido dejó el agua, el pan y su sombrero junto al jergón de Tibor y, sin mediar palabra, abrió el tablero de ajedrez en el suelo y empezó a colocar las piezas. Después de que el carcelero abandonara la celda y cerrara la puerta tras de sí, Tibor ya no pudo soportar el silencio y dirigió la palabra al desconocido. -¿Qué queréis de mí? -¿Hablas alemán? Eso está bien. -El caballero sacó del chaleco un reloj de bolsillo, lo abrió y lo colocó junto al tablero-. Quiero jugar una partida contigo. Si consigues ganarme en un cuarto de hora, pagaré tu multa y quedarás libre. -¿Y si pierdo? -Si pierdes -contestó el hombre, después de haber colocado la última pieza-, me sentiría decepcionado. y deberías olvidar que me has visto. Pero si me permites un consejo: derrótame, porque no hay otra posibilidad de que salgas. Desde que el caballero Casanova estuvo aquí hay algunas rejas más. Dicho esto, el desconocido levantó su caballo por encima de los peones. Tibor miró el tablero y descubrió un hueco en sus filas: le faltaba la reina. Levantó la mirada, pero el noble se anticipó a su pregunta. Se palmeó el bolsillo del chaleco, donde se encontraba la pieza. -Con la reina sería demasiado sencillo. -Pero ¿cómo voy a jugar sin reina.? -Encontrarás la forma de hacerlo. Tibor realizó su primer movimiento. Su contrincante reaccionó enseguida. Tibor hizo cinco movimientos rápidos antes de tener tiempo de probar el agua y el pan. El noble jugaba de un modo agresivo. Para aprovechar su superioridad numérica y diezmar las piezas de Tibor, avanzó con una cadena de peones hacia la mitad de tablero del enano. Pero Tibor se defendió bien. Las pausas para reflexionar de su contrincante se hicieron más largas. -Vuestras reflexiones me cuestan tiempo -objetó Tibor, cuando ya habían pasado cinco minutos en el reloj de bolsillo. -Pues tendrás que jugar más rápido. Tibor jugó más rápido: saltó la línea de peones blancos y acorraló al rey. Cinco minutos más tarde, Tibor vio que ganaría. Su contrincante asintió con la cabeza, tumbó de lado a su rey y se inclinó hacia atrás en el taburete. -¿Os dais por vencido? -preguntó Tibor. -Interrumpo el juego. Tú también sabes que ya no puedo ganar. De modo que utilizaré de modo más provechoso tus últimos cinco minutos en prisión. Felicidades, has jugado hábilmente. -Le tendió la mano-. Soy el caballero Wolfgang von Kempelen, de Presburgo. -Tibor Scardanelli, de Provesano. -Encantado. Quiero hacerte una propuesta, Tibor. Pero para ello debo remontarme un poco en el pasado: soy consejero de su majestad la emperatriz María Teresa de Austria y Hungría. Desde que ejerzo como funcionario en su corte, la emperatriz me ha confiado numerosos encargos, que he realizado siempre a su entera satisfacción. Pero todos esos encargos también hubieran podido ser ejecutados por otros hombres de valor. Y yo ahora quiero realizar algo extraordinario. Algo que me eleve a sus ojos. y que tal vez incluso me convierta en inmortal. ¿Me sigues? Wolfgang von Kempelen esperó a que Tibor asintiera y luego continuó. -Hace unas semanas, el físico francés Pelletier presentó en la corte algunos de sus experimentos: divertimentos con el magnetismo, como juegos de manos con clavos voladores y monedas que se mueven sobre un papel conducidas aparentemente por una mano invisible, cabellos que se erizan de pronto, y otras cosas por el estilo. El doctor Mesmer ya cura a las personas con sus conocimientos sobre magnetismo., pero aparece ese ilusionista francés y me roba mi precioso tiempo, y el de la emperatriz, con sus juegos de manos. Al acabar la presentación, María Teresa me preguntó qué pensaba sobre Jean Pelletier, y yo fui claro: le dije que la ciencia estaba mucho más avanzada, y que yo, que no había estudiado en la Academia como Pelletier, estaba en situación de presentarle un experimento ante el que los ejercicios de Pelletier parecerían simples trucos de prestidigitador. Naturalmente esto despertó su curiosidad. Me tomó la palabra. y me desligó de todos mis deberes oficiales durante medio año para que preparara ese experimento. -¿Qué tipo de experimento? -Ni yo mismo lo sabía entonces. Pero me había propuesto crear una máquina extraordinaria. Debes saber que no solo soy consejero de la corte, también poseo conocimientos en el campo de la mecánica. Al principio quería construir una máquina que pudiera hablar para la emperatriz. -Pero eso no puede hacerse -objetó Tibor instintivamente. El caballero Von Kempelen sonrió y sacudió la cabeza, como si otros muchos hubieran reaccionado ya antes como él. -Naturalmente que se puede. Voy a construir un aparato que hablará tan claro como una persona y, además, en todas las lenguas de este mundo. Pero me he dado cuenta de que medio año es poco tiempo para este trabajo de Hércules. El plazo no basta siquiera para reunir los muchos materiales necesarios y probarlos. Y no se puede hacer esperar a una emperatriz. Por eso construiré otra máquina. -Kempelen cogió la reina roja del bolsillo del chaleco y la colocó junto a las otras piezas-. Una máquina de ajedrez. Kempelen disfrutó con la mirada interrogativa de Tibor y luego añadió: -Un autómata que juegue al ajedrez. Una máquina que pueda pensar. -Eso no puede hacerse. Kempelen rió, mientras sacaba una hoja de papel del chaleco y la desplegaba. -Ya lo has dicho hace un momento. Y esta vez tienes razón. Una máquina nunca podrá jugar al ajedrez. Teóricamente es posible, pero en la práctica. Tendió el papel a Tibor. Era el bosquejo de una figura sentada ante una mesa, o mejor, ante una cómoda con diversas puertas cerradas. Sus dos brazos descansaban sobre la superficie de la mesa y entre ellos había un tablero de ajedrez. -Este será el aspecto del autómata -explicó Kempelen-. Y como no puede funcionar por sus propios medios, necesitará un cerebro humano. Tibor se estremeció ante la idea, y Kempelen rió de nuevo: -No temas. No voy a serrarle el cráneo a nadie. Lo que quiero decir es que alguien guiará al autómata desde dentro. Kempelen colocó el dedo sobre la cómoda cerrada. Entonces Tibor comprendió por qué el caballero húngaro lo había buscado y perseguido, por qué se encontraba allí y era tan amable con él, y sobre todo, por qué estaba dispuesto a pagar por su liberación. Kempelen cruzó los brazos sobre el pecho. Tibor sacudió la cabeza, mucho antes de responder: -No lo haré. Kempelen levantó las manos apaciguadoramente. -Calma, calma. Aún no hemos discutido las condiciones. -¿Qué condiciones? Esto es un engaño. -Tanto como pueda serlo magnetizar unas piezas de hierro y hablar de «atracción mágica». -«No mentirás.» -Tampoco deberías jugar por dinero, si vas a sacar la Biblia a colación. -La gente revisará la máquina y lo descubrirá todo. -La revisará, sí. Pero no encontrará nada. Esta será mi tarea. Tibor seguía sin estar convencido, pero no se le ocurrían más razones. -Solo pido una presentación ante la emperatriz -dijo Kempelen-; luego haré trizas esta máquina. Incluso las grandes sensaciones tienen una vida corta en nuestros días. Solo debo impresionar una vez a María Teresa y seré un hombre de fortuna. La emperatriz promoverá mis otros proyectos. Y cuando entregue mi autómata parlante, la máquina de ajedrez hará tiempo que habrá caído en el olvido. Tibor observó el bosquejo del autómata. -Escucha lo que te ofrezco: recibirás una paga generosa, y además un buen alojamiento y manutención hasta la presentación. Y jugarás ante la emperatriz, tal vez incluso contra ella. No hay muchos que puedan decir lo mismo. -No saldrá bien. -Cuando se piensa así, es cuando se fracasa. ¿Qué puedes temer? A mí tal vez me lo recriminen, pero ¿a ti? Tú puedes quedarte con tu paga y poner pies en polvorosa. Solo puedes ganar. Tibor calló un rato y luego miró el reloj de bolsillo. Se había acabado el tiempo. -Si no lo hago., ¿no pagaréis por mi liberación? -Claro que lo haré. Te he dado mi palabra. Igual que te doy mi palabra de que la máquina de ajedrez obtendrá un éxito nunca visto. Tibor dobló cuidadosamente el bosquejo y se lo devolvió. -Muchas gracias. Pero no quiero engañar a nadie. Kempelen miró a Tibor a los ojos hasta que este apartó la mirada; solo entonces recuperó el papel. -Lástima -dijo, y empezó a recoger las piezas de ajedrez-. Estás perdiendo una oportunidad única de participar en algo grande. Aún en las escaleras del Palacio del Dux, Wolfgang von Kempelen se despidió rápidamente de Tibor y, por si cambiaba de parecer, le dio el nombre de su hospedería. El enano lo vio desaparecer al otro lado de la plaza de San Marcos. El húngaro actuaba como si Tibor fuera solo uno entre muchos candidatos para realizar aquella extraña tarea. Había empezado a llover otra vez; una lluvia de noviembre fina, fría y persistente. Tibor anduvo por las callejuelas vacías hasta la taberna junto al río San Canciano, donde el tabernero y las dos mozas aún estaban ocupados arreglándolo todo. El hombre no se alegró demasiado de volver a ver al causante del alboroto. Le contó que el comerciante se había llevado su apuesta y también su juego de ajedrez como recuerdo. Cuando Tibor preguntó el nombre y la dirección del veneciano, el tabernero lo puso de patitas en la calle. Tibor se quedó un rato bajo la lluvia, ante la taberna, indeciso, hasta que las dos mozas sacaron la cabeza por la puerta. Le proporcionarían el nombre y la dirección, dijo una de ellas, pero en contrapartida querían echar un vistazo a su sexo; la noche anterior habían estado haciendo cábalas sobre si sería cierto que la verga de los enanos era mayor que la de los hombres corrientes. Tibor se quedó de una pieza, pero no tenía elección. Sin su equipo, el juego de ajedrez, estaba perdido. Se aseguró de que estaban solos, y luego descubrió un momento su sexo. Las mozas soltaron una carcajada, impresionadas, y Tibor obtuvo la dirección. El resto del día Tibor hizo guardia frente al palazzo. La lluvia lo dejó completamente calado, pero ese mal tiempo tenía la ventaja de que los ciudadanos -y sobre todo los carabinieri- pasaban a toda prisa ante él y no le prestaban atención. Bajo su capucha, el enano parecía un niño perdido. Tibor tuvo que aguardar hasta el atardecer. Entonces el comerciante salió de la casa. Llevaba una capa negra sobre la levita de colores vivos y un sombrero emplumado para protegerse de la lluvia. Tibor lo siguió a una distancia prudencial. El dulce perfume del veneciano era tan fuerte que, a pesar de la lluvia, ni llevando los ojos tapados lo hubiera perdido. Después de haber recorrido varias manzanas, Tibor le dio alcance. El comerciante se sorprendió al ver de nuevo al enano, y dirigió la mano a su espada para asegurarse de que la llevaba. El hombre no se detuvo, y Tibor tuvo que esforzarse para mantenerse a su lado. -Desaparece, monstruo. -Quiero mi apuesta y mi juego de ajedrez. -No sé cómo has conseguido salir de los Plomos, pero puedo encargarme de que en un abrir y cerrar de ojos estés de vuelta allí. -¡A vos os tendrían que encerrar! ¡Devolvedme mi ajedrez! El comerciante metió la mano bajo la capa y sacó el juego de Tibor. -¿Te refieres a este? Tibor alargó la mano para cogerlo, pero el veneciano lo puso fuera de su alcance. -Ahora jugaré unas partidas con mi amada. Aunque tenemos nuestros propios juegos, uno de estaño y otro muy caro con piezas de mármol. Pero este -y agitó el gastado juego de Tibor, de manera que las piezas tabletearon en el interior- le da un aire más rústico, más personal. -¡No puedo vivir sin el juego! El comerciante volvió a guardarlo. -Tanto mejor. Tibor tiró de la capa del hombre. Con un movimiento rápido, el veneciano se soltó, sacó la espada y se la puso en la garganta. -Cualquier esteta agradecería que te degollara. De modo que no me des motivos. Tibor levantó las manos en un gesto conciliador. El veneciano volvió a enfundar su espada y se alejó riendo. Cuando, poco antes del alba, el veneciano abandonó la casa de su amante para volver por el mismo camino, Tibor había tenido ocho largas horas para imaginárselos -rodeados de platos exquisitos, vino y cojines de seda- jugando al ajedrez como aficionados, amándose y riéndose del enano borracho y apaleado que entretanto, con la ropa mojada y sin un techo que lo protegiera, suspiraba por recuperar su miserable juego. Tibor estaba preparado: en el camino de vuelta a casa del veneciano, en una estrecha callejuela junto al canal, se había parapetado entre los materiales de construcción de un edificio nuevo. Había encontrado una soga y había sujetado el extremo libre a un cesto con ladrillos colocado al borde del canal. Cuando el comerciante llegó, Tibor tensó la cuerda. Su enemigo cayó al suelo, y Tibor saltó enseguida sobre él para atarle las manos a la espalda. Tibor nunca había robado nada; solo quería recuperar lo que le pertenecía. Incluso estaba dispuesto a renunciar a su apuesta. Cuando el comerciante se dio cuenta de lo que ocurría, gritó pidiendo ayuda. Tibor le tapó la boca con la mano. Con la mano libre, sacó de un tirón el juego de ajedrez de debajo de la capa. Pero, de pronto, el veneciano se incorporó bruscamente y se liberó del enano. El juego de ajedrez cayó al suelo y se abrió. Las piezas se esparcieron por el empedrado y algunas cayeron al canal. El veneciano era más rápido que Tibor. Como todavía tenía los brazos atados, le lanzó una fuerte patada. El enano dio de espaldas contra el cesto de ladrillos, de manera que este basculó y se precipitó al canal. La cuerda se tensó y tiró de las ligaduras, arrastrando al comerciante por el empedrado. El hombre gritó, horrorizado, cuando el peso de los ladrillos lo impulsó hasta el canal. Tibor, que se encontraba en su camino, también cayó al agua. En cuanto se sumergió, el enano intentó nadar, realizar movimientos como un perro. Una violenta patada del comerciante le alcanzó bajo el agua. En un instante, las ropas de Tibor habían absorbido tanta agua que su peso lo arrastraba hacia el fondo. Dio con la cabeza contra un muro y trepó hacia arriba. De nuevo en la superficie, escupió el agua repugnante del canal y se agarró con fuerza a un saliente del muro. Respiró varias veces ávidamente, antes de descubrir que el comerciante no había ascendido con él. No era extraño: los ladrillos y la cuerda lo mantenían en el fondo. Tibor observó, inmóvil, cómo las ondas y las burbujas de aire que ascendían disminuían gradualmente. Un último hilillo de burbujas reventó en la superficie; luego todo quedó en silencio, excepto por los jadeos de Tibor. Siguiendo el muro, Tibor avanzó con esfuerzo hacia una escalera. Por el camino golpeó con el pie la cabeza del ahogado. El horror que le provocó aquel contacto le hizo creer que en cualquier momento el muerto podía agarrarlo y arrastrarlo con él hacia abajo. Dominado por el pánico, se sujetó a los barrotes de la escalera y salió del agua. Cuando tuvo de nuevo suelo firme bajo sus pies, miró fijamente al agua negra del canal. Le pareció ver una rata sobre la superficie, pero solo era una de sus piezas de ajedrez. Junto al muro de enfrente, el ridículo sombrero emplumado del veneciano se desplazaba como un pato de vivos colores. Aparte de eso, no quedaba nada de él. Tibor recogió algunas piezas a toda prisa, pero el juego de ajedrez estaba incompleto. En su precipitación, lanzó todo el juego al agua; se dio cuenta demasiado tarde de que ni el tablero ni las piezas se hundirían. Luego salió corriendo de allí. La iglesia más próxima era San Giovanni Elemosinario, pero Tibor no pudo abrir las puertas. También San Polo y San Stae estaban cerradas. A través del hueco entre dos palazzi, Tibor distinguió los primeros resplandores del alba. El sol era para él el ojo de Dios, y Tibor debía ocultarse de él a toda costa. No quería volver a salir a la luz del día antes de haber confesado su abominable acto ante un altar.

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